Semáforos “cazabobos”: cuando la multa vale más que la seguridad vial

En La Plata, hay semáforos que parecen haber dejado de cumplir su función principal: ordenar el tránsito y reducir riesgos en la vía pública. Algunos, directamente, dan la sensación de haber sido pensados para otra cosa: recaudar.

La lógica se repite en distintos puntos de la ciudad: luces verdes demasiado cortas; amarillos que duran apenas segundos; cruces imposibles de completar; y ausencia total de segunderos que permitan anticipar el cambio de fase. El resultado es siempre el mismo, con conductores atrapados en medio de la intersección, frenadas bruscas, maniobras peligrosas y multas que llegan después como si toda la responsabilidad recayera únicamente sobre quien maneja.

Sin embargo, en muchos casos, el problema no parece ser la imprudencia individual sino un sistema de tránsito mal calibrado.

Cruces conflictivos que se repiten en toda la ciudad:

  • 137 y 60 (Los Hornos)

Es uno de los ejemplos más cuestionados por los vecinos. El tiempo de avance resulta insuficiente para completar el cruce de manera segura y la falta de contador regresivo obliga a tomar decisiones prácticamente a ciegas. Muchos vehículos quedan detenidos sobre la intersección cuando la fase cambia abruptamente.

  • 6 y 54

Otra esquina donde el problema se repite. El tránsito constante y la mala sincronización convierten cada luz verde en una carrera contra el reloj. El margen de reacción es mínimo y el conductor muchas veces queda comprometido aun circulando de manera normal. A eso se suma la ausencia de segundero, en una intersección especialmente compleja por el intenso flujo vehicular y las maniobras permanentes que se generan en la zona.

  • 12 y 54

En pleno centro platense, el cruce exige más tiempo del que el semáforo realmente concede. La distancia es amplia, el flujo vehicular intenso y la ausencia de segundero vuelve imposible calcular con precisión si el cruce puede completarse.

Quien avanza de buena fe puede encontrarse con la luz cambiando cuando todavía está en la mitad de la calzada. No hay advertencia. No hay previsibilidad. Solo queda la posibilidad de una infracción.

  • 122 y 66

Una de las arterias más transitadas de la región, clave porque conecta La Plata, Berisso y Ensenada, además de funcionar como acceso hacia la subida de la autopista. El caudal de vehículos es permanente durante casi todo el día y, sin embargo, los tiempos semafóricos parecen no haber sido revisados hace años.

La combinación entre densidad vehicular y fases mal calibradas convierte cada cruce en una apuesta. El problema ya no es la conducta individual: es un sistema de tránsito desactualizado que empuja constantemente al error.

  • Calle 1

Los semáforos sobre calle 1 también aparecen entre los más cuestionados por los conductores platenses. En una de las avenidas con mayor circulación de vehículos particulares, colectivos y motos, la sincronización resulta insuficiente para absorber el volumen de tránsito diario. En horas pico, las demoras se vuelven interminables y muchos automovilistas terminan detenidos entre cruces debido a cambios de fase mal coordinados. La congestión permanente genera bocinazos, maniobras riesgosas y largas filas que afectan varias cuadras.

  • Diagonal 80

Las diagonales platenses tienen una característica elemental: los cruces son considerablemente más largos que los de una calle común. Es una cuestión de geometría básica. Sin embargo, muchos semáforos funcionan con tiempos idénticos -o incluso menores- a los de avenidas tradicionales. Sin segunderos y sin una adecuación real a la distancia que debe recorrerse, el conductor circula permanentemente condicionado por un diseño vial que ignora la propia estructura urbana de la ciudad.

Otro de los puntos más señalados por automovilistas y vecinos es el sistema de semáforos sobre calle 4, entre diagonal 80 y 47, donde la sincronización genera un importante cuello de botella en la zona de diagonal 77 y 4.

Sin información, el conductor decide a ciegas

El segundero no es un lujo ni un detalle estético. Es una herramienta de seguridad vial. Permite anticipar decisiones, calcular tiempos y evitar maniobras peligrosas. Un conductor informado sabe si puede cruzar o si debe detenerse. Un conductor sin información actúa bajo incertidumbre. Por eso, la ausencia de contadores regresivos en intersecciones complejas o de alto tránsito no puede considerarse una simple omisión técnica. En el mejor de los casos, es negligencia. En el peor, una decisión funcional a un sistema que prioriza la infracción antes que la prevención.

Recaudación disfrazada de control vial

El Municipio actualiza multas con una rapidez “admirable” —y para muchos, sospechosa—. Pero esa misma eficiencia desaparece cuando se trata de recalibrar semáforos, revisar tiempos de fase o incorporar tecnología que realmente reduzca riesgos en la circulación. La diferencia no pasa desapercibida: mientras las sanciones avanzan a toda velocidad, las soluciones para mejorar el tránsito parecen quedar siempre en rojo.

Un sistema de tránsito pensado para cuidar a las personas prioriza previsibilidad, señalización clara y tiempos razonables. Sin embargo, un sistema pensado para recaudar prioriza cámaras, fotomultas y sanciones automáticas.

La pregunta es inevitable: ¿el objetivo es ordenar el tránsito o fabricar infracciones?

Porque prevenir situaciones peligrosas requiere inversión, planificación y controles serios. Cobrar multas, en cambio, apenas necesita una cámara funcionando. Y, en La Plata, las cámaras funcionan perfectamente. Las soluciones existen y no son complejas, pero, sobre todo, hace falta un cambio de enfoque, una decisión política.

El conductor no puede seguir siendo tratado como una fuente permanente de recaudación. La función del Estado no es tender trampas administrativas: es garantizar condiciones de circulación seguras, previsibles y coherentes.

Mientras eso no ocurra, los semáforos “cazabobos” seguirán funcionando exactamente como hoy. No para ordenar el tránsito, sino para multiplicar multas.