El volante como espejo: Por qué la forma en que conducimos revela cómo somos

“Academia de Conducción Estela” tiene años de experiencia formando conductores en las calles platenses y la región. Su dueña e instructora, Estela Iannotta, llegó a una conclusión que va más allá de la técnica: el tránsito funciona como un verdadero termómetro social. Para ella, manejar no es solo una habilidad, sino una extensión de la personalidad y de los valores de cada individuo.

“Hay una frase que dice que el tránsito refleja a la sociedad. Es así, refleja no tu carácter sino tu manera de ser”, afirma con la seguridad de quien observa el mundo desde el habitáculo de un auto de doble comando.

La instructora sostiene que el problema actual radica en una cultura del manejo profundamente arraigada, donde la conciencia colectiva parece haber perdido la batalla contra el individualismo. Según Estela, cambiar esta realidad es un desafío monumental porque implica modificar la mentalidad de las masas. Mientras un grupo reducido intenta respetar las normas, “la mayoría de la gente no. Entiende que salir a manejar como kamikaze está bárbaro”. Esta percepción del riesgo como algo “divertido” o “canchero” es, para ella, el núcleo del desorden vial.

Frente a este escenario, propone una reforma estructural que comience en la infancia. Su visión es clara: la educación vial no debería ser un curso esporádico para obtener la licencia, sino una materia troncal. “Yo exigiría, por ejemplo, que haya educación vial en las escuelas. Desde chiquititos que empiecen así, como saben manejar un teléfono los nenes. Que aprendan y que entiendan que hay que respetar las normas de tránsito sobre todas las cosas”, explica Estela, enfatizando que el objetivo final es darle un valor real a la vida.

En el día a día platense, las faltas técnicas son constantes, asegura que las infracciones más comunes son apenas síntomas de una enfermedad más grave: la falta de respeto y comunicación. Detalla maniobras cotidianas como adelantamientos por la derecha o en encrucijadas, y la pérdida de prioridad en los giros. Para ella, el hecho de que un conductor por la izquierda ni siquiera toque el freno es una prueba de la falta de concientización. Además, destaca que el lenguaje del tránsito se ha roto: la gente realiza maniobras y no las comunica, olvidando que señalizar es, en última instancia, un acto de convivencia.

Otro de los puntos que más le preocupa es la falta de empatía hacia quienes están aprendiendo a manejar. Relata que, con frecuencia, los vehículos de las academias reciben insultos, bocinazos y maniobras agresivas por parte de conductores apurados.

Estela describe con precisión cómo los perfiles psicológicos se trasladan al asfalto. “Si vos sos una persona ansiosa, vas a manejar rápido, apurado, pasando autos, tocando bocina e insultando a todo el mundo”, describe. En cambio, alguien tranquilo conduce con paz, aunque eso a veces le valga el reproche sonoro de quienes vienen detrás.

Incluso el miedo se hace visible en la dinámica vial. Ella observa que la inseguridad personal se traduce en una conducción errática que puede ser tan peligrosa como la agresividad. Según sus palabras, “si sos una persona temerosa, vas a estar frenando en cada esquina. Así se refleja totalmente, totalmente”. Esta transparencia emocional sobre el asfalto es lo que hace que, para ella, el sistema actual resulte “triste”, ya que el egoísmo parece primar sobre la seguridad del prójimo.

Finalmente, la dueña de la academia, remarca que aprender a conducir es un proceso continuo porque el tránsito es dinámico y cambia constantemente. Sin embargo, insiste en que nadie puede salir a la calle sin las “herramientas y referencias” necesarias para sobrevivir y dejar sobrevivir. Su mensaje cierra con una apelación a la base: si no se cambia la mentalidad desde que los chicos son pequeños, el servicio a la comunidad que representa el buen conducir seguirá siendo un concepto vacío para quienes ya están viciados por el sistema.