Casi a los 40 y contra los prejuicios: la mujer que decidió enseñar a manejar en un rubro dominado por hombres
Estela Iannotta tomó el volante de su propia vida a los 39 años y nunca miró atrás. Hoy dirige su propia academia de manejo, pero su recorrido va mucho más allá de enseñar a conducir: es una historia de coraje, resiliencia y búsqueda de libertad. A lo largo de cada desafío, demuestra que reinventarse, enfrentar los miedos y construir un futuro desde cero no tiene edad. Esta es su historia y el mensaje que deja es claro: siempre es posible volver a empezar.
¿Cómo nació la idea de abrir tu propia academia?
La academia tiene una historia precedente, donde de repente yo me convertí en la protagonista. Estaba casada, no trabajaba afuera, era ama de casa. Tenía una situación económica cómoda porque mi exesposo era médico. Pero la vida dio un giro inesperado: me divorcié a los 39 años.
Fue muy duro. Pasar de ama de casa a ser una mujer separada, que debía mantenerse sola y sin una profesión, no fue fácil; además, había mucha discriminación. Mi “oficio” hasta ese momento era ser la mejor planchadora, cocinera, mamá y esposa.
El papá de mis hijos fue un gran apoyo. Me dijo: “Vamos a ver qué podes hacer para encaminarte económicamente”. Así abrí una casa de comidas, pero no prosperó. Luego hice viandas, las ofrecí a negocios, pero también fracasó. Entonces decidí cambiar de rubro: vendí ropa, armé una boutique en mi casa y salí puerta a puerta con un carrito. Fue muy duro. Y aclaro que no me da vergüenza contarlo; al contrario, porque es la manera de salir adelante.
Pasé de ser la mujer de un médico a golpear puertas para vender una remerita. Incluso trabajé como empleada doméstica y en una panadería famosa de La Plata. Nada alcanzaba para mantenerme completamente, pero perseveré.
Años después, me vinculé con una persona que trabajaba en una academia de manejo, y me dijo: “Esto es para vos”. Tenía que hacerlo: me encantaba manejar, era independiente y había muchas mujeres en la academia. Aprendí al principio “de oído”, con un auto adaptado con doble comando, y salí a las clases sin experiencia, buscando forjar un destino económico y un lugar en el mundo.
A los cuatro meses, no había lugar en la agenda. Trabajaba de siete de la mañana a nueve de la noche y supe que esa era mi pasión. Así nació “Academia Estela”, en el año 2014.
Después de reinsertarte en la vida laboral tras una separación difícil, ¿qué es lo que más te llena de orgullo?
No haber bajado los brazos.
Cuando buscaba trabajo, los avisos pedían chicas de 18 a 25 años con experiencia. No lo tenía. Aun así, me forjé un destino propio. No fue fácil. Estuve deprimida, sentí que alguien me soltó la mano, pero no tuve miedo y seguí adelante, defendiendo lo que hacía. Tenía dos hijos a mi cargo, y era responsable de alimentarlos, vestirlos y llevarlos a la escuela. No bajar los brazos y avanzar, como topadora, es de lo que más orgullosa me siento.
Y cuando incursionaste en un rubro tan machista, ¿fue complicado?
Sí. Cuando me inserté en la ciudad con un auto, había alguna que otra mujer trabajando en la academia como empleada, pero el 99% eran varones. Tuve que soportar incluso insultos de personas que manejaban en la calle.
Me han dicho: “Llevátela a manejar al campo”. Recuerdo una vez que iba con una alumna que recién empezaba y tenía mucho miedo, por lo que era lenta en sus reacciones. Íbamos despacio, entre autos estacionados a ambos lados, y yo no tenía cómo correrme para dejar pasar a un vehículo. En última instancia, el conductor debía ser un poco empático y dejar que la alumna aprendiera.
Recorrimos unas dos o tres cuadras así y, en un momento, le pedí a la alumna que soltara los comandos mientras yo me adelantaba. El señor que estaba detrás no paraba con las luces ni con los bocinazos. Cuando logré correrme y tomar la 25, se puso a mi lado derecho y escupió de ventanilla a ventanilla, casi pegándome; fue un asco, y me dijo de todo.Ese tipo de cosas fue de lo más leve que me tocó soportar. Pero seguí adelante, subí el vidrio y continué tranquila, diciéndole a la alumna que el problema era de él, no nuestro. Ella estaba asustada y nerviosa.
Eso sí, fue muy difícil porque no había mujeres al frente de una academia. Había alguna que otra dando clases en algún lugar, pero no era común. Salvo Perla, que fue pionera en los años 80, pero hace muchísimo que no hay una mujer al frente de una academia.
¿Qué significa manejar para vos y qué es lo más importante al enseñar?
Manejar es cobrar alas hacia la libertad. Saber conducir te permite hacer muchas cosas más. Es un empoderamiento personal, tan importante como aprender inglés o completar estudios. La libertad de manejar abre oportunidades.
Manejar es cobrar alas hacia la libertad. Saber conducir te permite hacer muchas cosas más. Es un empoderamiento personal, tan importante como aprender inglés o completar estudios. La libertad de manejar abre oportunidades.
Cuando empecé, quise reflejar mis propias experiencias. Yo había tenido miedo al volante, había chocado un par de veces y sentía que me faltaba preparación. Más adelante tomé algunas clases con Perla —tuve el honor de tenerla como instructora—, pero fueron pocas. Por eso, mi preparación era bastante limitada y frágil.
En una época de mi vida yo padecí amaxofobia, miedo, pánico, baja autoestima. Muchas de mis alumnas tenían lo mismo. Ahí encontré un motivo para enseñar: ayudarlas desde la paciencia y el amor.
¿Podes contarnos qué es la amaxofobia y cómo la trabajas en tus clases?
La amaxofobia es el pánico para manejar. Pero casi siempre hay algo detrás: experiencias pasadas, traumas, baja autoestima. No siempre es solo miedo al volante.
Yo no soy psicóloga, pero la vida me enseñó mucho sobre superar mis propios miedos. Una alumna, Emilia Alonso, tenía mucho pánico a conducir. La acompañé seis meses, con paciencia y empatía. Hoy maneja sin problemas y cada vez que me ve me dice: “Mi profe, te quiero”. Ella fue el puntapié inicial para trabajar con la amaxofobia. Esa experiencia me enseñó que trabajar desde el amor y la comprensión transforma vidas.
Mi historia muestra que no importa la edad ni las circunstancias, después de los 40, separada y sin experiencia, también se puede reconstruir la vida, forjar un destino propio y ayudar a otras personas a encontrar su libertad. Manejar me dio alas, y ahora ayudo a otras mujeres a volar con las suyas.
La historia de Estela es la de una mujer que decidió no quedarse detenida frente a las dificultades. En un rubro históricamente dominado por hombres, abrió su propio camino y transformó su experiencia personal en una herramienta para ayudar a otros. Hoy, al frente de su academia, no solo enseña a manejar: también transmite confianza, independencia y la certeza de que siempre es posible empezar de nuevo.


